12 Oct 2013

Abortó al hijo que llevaba en su vientre y necesitó doce años para sanarse

Enviado por Galsuinda
Abortar deja una huella imborrable. Ella lo enfrentó y hoy es activista de la campaña No Más Silencio, que ayuda a mujeres que padecen el síndrome post aborto en Estados Unidos.
 
Corría el año 1975 cuando Edith Ugarte, nicaragüense, de la localidad de Corinto, cursaba su último año de universidad. Ejercía como profesora en uno de los colegios católicos más importantes del país. A los 23 años, traicionó su fe y decidió abortar, cayendo a un infierno del que le costó levantarse por más de una década.
 
Era católica, pero atrapada en un conjunto de contradicciones, faltas de comunicación, terminó por aceptar tras cuatro años de relación, las presiones de su novio. No imaginó que aquel encuentro sexual vivido como un “acto de amor” traería una historia llena de sufrimiento.
 
La ‘otra’ opción
 
El miedo al qué dirán y en especial a la condena de su madre, le hicieron aceptar la otra opción que proponía su novio. “Fue algo que me chocó, porque no se mencionó la palabra aborto, pero era eso lo que estaba detrás. Pensé que era la única en Iberoamérica que enfrentaba algo así en aquella época. Mi novio me entregó el dinero para evitar tener que recurrir a mi familia. Pero la verdad, es que cuando te apartas de la mirada de Dios, ya estás en las manos del enemigo completamente”.
 
Aún sabiendo que en Nicaragua estaba violando la ley y arriesgaba penas de cárcel, encontró una clínica clandestina para ejecutar lo acordado con su novio. “Hace treinta años, todo doctor que quería ser bien conocido y tener una buena clientela, montaba clínicas muy buenas y en ellas practicaban los abortos”. 
 
Las huellas psicológicas en quienes abortan son imborrables. Edith aún tiene vívido lo ocurrido en aquel lugar… “Ya tenía cinco semanas de gestación y el galeno fríamente me advirtió que no preguntara sobre nada. No quería saber siquiera de dónde venía”. 
 
Al momento de acomodarse en la camilla - y se emociona al recordarlo-  como un flash que se dispara, vio ante sí los grandes hitos de su vida. Casi como un grito venido desde el cielo, se vio rezando el rosario, realizando adoración eucarística, que tanto le apasionaba cuando niña y mucho más. Pero cerró sus ojos. Luego, aunque estaba adormecida por la anestesia, entre sueños escuchó sollozos. “Creo que era mi inconsciente quien me hablaba, no lo sé… me pedía que no lo sacara”. A las pocas horas, confiesa, tendría la certeza espiritual que ese clamor era la voz del Espíritu Santo en su alma. 
 
Sanarse puede llevar años
 
Las horas siguientes transcurrieron a toda velocidad. No soportaba la angustia y la cárcel o enfrentar a sus padres era lo que menos le importaba. La certeza de pecado ocupaba en su vientre el espacio del hijo que había asesinado y supo que solo tenía un lugar donde ir. “Corrí a confesarme. Como muchacha de Iglesia, que conocía al Señor y había gustado una linda relación con el Espíritu Santo, sentía que lo había traicionado. Jugué a ser Dios, jugué con su amor. Estaba clara que Él me iba a perdonar, pero lo puse por debajo de mis miedos a la condena de mi madre y a las exigencias de mi novio”.
 
A pesar de su sincero arrepentimiento, la culpa la perseguía. “Me confesaba muchas veces contando la misma historia una y otra vez, pero no recibía el perdón de Dios. A pesar de todo lo que había vivido, seguía jugando a ser Dios, porque yo no me perdonaba”.
 
Con la tristeza a cuestas, logró tener independencia y salir de casa, casándose con el mismo novio de su juventud.  Eran conscientes, dice, del delito que ambos habían cometido y trataron de ocultar esa pena, buscando un nuevo destino para forjar otras oportunidades. “Nos mudamos a Estados Unidos, comenzamos a tener nuestros hijos y en 1987 escuché un programa radial católico donde invitaban a quienes habían abortado a buscar la sanación”. 
 
Por sobre los años transcurridos desde aquel fatídico día, dice, en la clínica abortiva y aunque creía ser feliz con sus hijos y esposo, aquel aviso radial la estremeció… “Sentí que el Señor me hablaba y procuré contar mi testimonio para que otras personas no cayesen en la pena que yo caí. Me invitaron a participar de un estudio bíblico católico llamado “Perdonada y Liberada”. Aquí descubrí de nuevo lo que era ese fervor por el Señor, este deseo grande de ayudar a otras mujeres. Sentí el mismo abrazo del hijo pródigo. Tras un largo y doloroso proceso, pude perdonarme y encontrar la sanación”.
 
La vida cobró nuevamente sentido para esta mujer. Hoy, a sus 61 años, colabora activamente en la campaña “No más Silencio”, que acompaña en Estados Unidos a  mujeres latinoamericanas con historias semejantes a la suya. Al finalizar, nos regala un último mensaje… “Rescatemos a los hombres y mujeres que viven el síndrome post aborto. Alertemos a nuestras comunidades sobre lo que implica el aborto y el daño a las familias. Les invitamos a buscar la sanación”.
 
 
 
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