22 Dic 2011

Los beneficios del perdón según la psicología

Enviado por Anawin

Con el fin de organizar una de esas cenas nostálgicas que promueven ex alumnos, la animosa organizadora del acto tuvo que contactar con cada uno para confirmar su asistencia. Al hablar con una persona que no veía desde hacía 30 años, ésta le dio a conocer que aún estaba dolida por algo que le había hecho el colectivo en cuestión y, con tono desangelado, le comunicó que no pensaba acudir. La voluntaria aún se pregunta consternada: “¿Los agravios nunca prescriben?”.      

Los beneficios del perdón han sido desvelados por la ciencia muy recientemente, aunque las organizaciones religiosas los han pregonado a lo largo de la historia de la humanidad. Las ventajas del perdón, ahora validadas por el mundo científico, incluyen la reducción del dolor crónico, de los trastornos cardiovasculares, de la conducta violenta, el incremento de la esperanza y el alivio de los niveles de depresión y ansiedad. Las personas que no perdonan sufren niveles elevados de presión arterial y frecuencia cardiaca, así como otros problemas de salud. Las reacciones típicas del no perdonar, como la culpa, la rabia y la hostilidad, se han asociado con enfermedades cardiovasculares y muertes prematuras.

Unos de los estudiosos del perdón en el ámbito de la psicología, Robert Enright, define el perdón como la modificación de los pensamientos, sentimientos y conductas negativas en relación con un ofensor. Los sentimientos y el juicio negativo se reducen, no porque el ofensor no sea merecedor de ellos, sino porque la víctima ha decidido libremente considerar al ofensor con compasión, benevolencia y amor.    

Ser capaz de perdonar es un regalo para uno mismo. No sólo beneficia a la persona perdonada sino también a la que perdona. Al no perdonar, la persona dañada está encadenada a la persona que le hizo el daño y, mientras no la perdone, no podrá sustraerse al poder que el ofensor y la ofensa tienen sobre ella. El no poder perdonar provoca un estado de flujo de emociones negativas que obstruye el camino de la energía hacia proyectos más constructivos. Este concepto es muy importante para los supervivientes de abusos. Freedman y Enright trabajaron con el perdón en víctimas de incesto. A pesar de la naturaleza terrible de los actos que soportaron, los que lograron perdonar a sus abusadores experimentaron menores niveles de ansiedad y depresión y más sentimientos de esperanza. El perdón permite que la experiencia vivida adquiera un nuevo significado para las personas implicadas. Algunas veces, el daño, una vez perdonado, puede servir para contribuir al crecimiento de una relación.    

El perdón no tiene por qué hacer desaparecer inmediatamente el dolor asociado a la ofensa. Se cree comúnmente que las personas a las que aún les duele la ofensa no han perdonado de verdad. Esto no es cierto. Una cosa es el dolor y otra son los sentimientos de rencor y venganza. 

Algunas personas no perdonan porque sienten que sería un acto de debilidad. Es importante considerar que algunas de las cualidades necesarias para perdonar son la humildad, la empatía, la valentía, la integridad, la sinceridad, la honestidad, la espiritualidad, el sentido comunitario, el amor, la bondad, la gratitud y otras virtudes igual de importantes. Todas ellas, atributos de las personas fuertes, no de las débiles.     
 

El perdón no es un regalo al culpable, sino algo que se elabora en el interior de uno. Ni significa reconciliación. Perdonar es una decisión, al margen del perdonado, de dejar ir el dolor

 

Al ser la investigación sobre los efectos del perdón una disciplina relativamente nueva en ciencia, no existen aún modelos rigurosamente contrastados. No obstante, han surgido algunos conceptos que los psicólogos han detectado como elementos que están presentes en el proceso de perdonar.

Se ha observado que se suceden tres etapas cuando se decide perdonar (Gordon & Baucom, 1999): una percepción de la ofensa y del ofensor más empática y ecuánime; una reducción de los sentimientos negativos hacia el agraviante a medida que aumenta la empatía, y una tendencia del ofendido a desistir de su derecho a castigar al culpable.

 

Aun así, se da el caso muy frecuente de que el culpable se niega a ofrecer sus disculpas o a mostrarse responsable del daño. Es importante en estos casos ser muy consciente de que el verdadero acto de perdonar se produce con independencia de que el culpable se excuse.

 

Reconciliación, perdón y justicia son conceptos absolutamente independientes. El perdón no es un regalo para el culpable, sino algo que se elabora en el interior de uno mismo. El otro no tiene por qué saberlo. Decírselo o no al culpable es un acto voluntario, pero no es necesario para sanar el dolor del daño que otra persona ha hecho.

 

Ni significa reconciliación. Tampoco implica permitir que una acción que nos ha hecho daño siga ocurriendo. No hay que creer que la persona culpable merece saber que se le ha perdonado. Muchas veces no merece la reconciliación. A veces el daño es tan grande que no se puede confiar más en esa persona. Aunque no sea posible la reconciliación, el perdón sí lo es.

 

Perdonar es una decisión. La de dejar ir el dolor. No significa permitir que la persona siga haciendo daño. Para que ocurra una reconciliación es necesario que el agraviante pida perdón y que se proponga no volver a hacer daño otra vez. El perdón, en cambio, no necesita al culpable en absoluto.

 

Se puede perdonar a los que ya no viven, pero no reconciliarse con ellos. Se puede perdonar a quien nos hizo daño y abusó de nosotros, pero sin dejarlo entrar en nuestra vida para que vuelva a hacerlo.

 

El perdón es una liberación de la carga de dolor que llevamos dentro. Apaga la necesidad de venganza; ésta impide la sanación. Si ejecutamos una venganza, estaremos necesitando perdonarnos a nosotros mismos o pedir perdón al otro.